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A su Orden

  • Foto del escritor: Gastón  Lemark
    Gastón Lemark
  • 16 jul
  • 3 min de lectura


Cuando vi a Mauricio con esa chica lo primero que pensé, fue en ir y armarle un tremendo escándalo, era verdad que nos habíamos dado un tiempo hace dos días, pero él me había jurado que no era por otra persona, sino que por mi "mal carácter", el muy desgraciado me había hecho cuestionar mi forma de ser, y resultaba que ahora el imbécil siempre había estado con otra, quizás cuanto tiempo me había estado engañando.


Estaban conversando muy animados y él le tomaba la mano a la perra esa, cerré los ojos y me dije "no te lo mereces, tú eres mejor que esté idiota", me di la media vuelta... Pero juro que no me di cuenta cuando ya le estaba vertiendo un café caliente que había tomado de otra mesa en el cabello teñido a esa perra platinada.

—¡Ups! Dije mientras Mauricio me miraba con ojos de huevo frito sin saber en dónde meterse...

—¡Mónica!... Esto no es lo que tú...

—¡Acaso eres estupida! Me dijo la perra platinada, mientras saltaba de su silla.

-¡Ay... Disculpa! Soy Mónica... ¡La cornuda que sale con este imbécil!


La chica me miró y luego miró a Mauricio, el estúpido me seguía mirando sin reaccionar, yo me saqué el anillo de compromiso y se lo lancé en la cara al infeliz, y me dí la media vuelta.


Mauricio salió corriendo detrás de mí.

—Cariño... Vamos, no es lo que tú crees... Ella es solo una...


No lo dejé terminar esa frase, más bien el puñetazo en la cara no lo dejó seguir hablando. Mauricio se quedó en silencio tomándose la cara, volví a darme media vuelta y salí del restaurante.


Sentí un pequeño desahogo con ese puñetazo, aunque la mano me había quedado doliendo, ya no quería saber más de la existencia de Mauricio.


Saqué mi celular de la cartera, y mientras intentaba bloquear a Mauricio tropecé con un tipo que llevaba un inmenso ramo de rosas.

—¡¿Eres imbécil o te haces?!

—¡Mierda! ¿Estás bien?

—¡Cómo se te ocurre andar así!

—¡Ey! Tú venías mirando el celular, intenté correrme pero...

—¡Córrete idiota!

—¡Oye! ¡Qué te has creído!¡Si andas con la menopausia no es mi problema!

—¿Qué dijiste?

—Que no tengo la culpa que tú andes con tus cambios hormonales, seguro eres de las típicas mujeres que creen que por ser mujeres, todos nos tenemos que correr y darles el paso y arrodillarnos a sus pies... Ya casi me atropella una como tú...

—¡¿Quién mierda eres tú para venir a pretender saber que en algo me conoces?!¿Acaso me conoces? ¡Claro! No eres más que el típico depredador de mujeres que se hace el lindo llevando flores y cuando ya las tienes listas, las terminas engañando con cualquier rubia platinada que se te cruza por la calle... ¡Un cerdo! ¡No son más que un montón de cerdos!

—¡Lo sabía!... ¿Sabes qué?... No voy a perder el tiempo discutiendo con alguien que piensa que todo el universo gira en torno a ella.


El tipo recogió el ramo, y siguió caminando... Yo tenía tanta bronca que lo seguí.

—¡Ey! ¡¡Ey!! ¡Así que ahora huyes! Al menos discúlpate por chocar conmigo y eso que dices... ¡No es verdad!


El tipo se detuvo, respiró levantando los hombros y luego se dió vuelta con una sonrisa. Tomó una de las rosas y me la dió.

—Entiendo que hayas tenido un mal día... Toma...

—Pero... Le dije confundida por tan repentino cambio.

—¿Mejor?

—... Es que...

—Ahora... ¡¿Puedes dejar de seguirme?!, y ya madura.


Me quedé helada, no supe qué contestar... Solo lo vi alejarse con su ramo. Miré la rosa que me había regalado el tipo, me sentí patética. Pensé en irme, pero cuando ya me di cuenta estaba siguiendo al tipo, con la roza en la mano, no sé en realidad que pretendía, ya no tenía ganas de seguir peleando, pero quería saber a qué chica le iba a pasar las rosas. Luego de dos cuadras el tipo entró al hospital geriátrico. Eso no me lo esperaba.


Lo seguí, y vi que una señora lo estaba esperando en el lobby de entrada, la señora parecía la abuela del tipo, cuando lo vio, abrió sus brazos, y el tipo corrió hasta la silla de ruedas y me dió un abrazo.


Ahora sí que me sentía patética, me dió muchísima vergüenza todo lo que le dije al tipo, y simplemente salí del hospital. Mientras salía miré la rosa que tenía en la mano, la olí, y de pronto pensé que quizás no todos los hombres eran unos cerdos.

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