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Elena

28 ago
6 min de lectura


La visual era surrealista. A pesar de que afuera estaba lloviendo, con Elena ya nos habíamos sacado toda la ropa y yo la seguía atendiendo; ver su geografía al desnudo no hacía más que alimentar el flujo sanguíneo hacia mi entrepierna, que ya se encontraba dura, pegada a la mejilla de ella.


​Cuando le dije que se sacara la ropa, justo después de que hubiera terminado de agregar las últimas capas del material a sus incisivos, sus ojos se iluminaron; ella entendió inmediatamente el concepto. La exuberante Elena solo traía puesto un diminuto colaless, el resto de su piel estaba accesible a mis ojos y a mis manos. Toqué sus senos con delicadeza; el contacto de sus pezones con los guantes de látex provocó un pequeño brinco en ella: era pura expectación contenida.


​Mi mano apretó con firmeza sus pechos mientras Elena, con sus antiparras puestas y la boca abierta, soltaba un gemido suave. Entonces mis manos bajaron por su vientre hasta colarse en la diminuta tela de encaje negro. El bulto de su clítoris estaba marcado; la punta de los dedos se quedó precisamente ahí, dando vueltas, masajeando mientras Elena suspiraba. Creo que la propia situación era lo que más prendía a mi paciente. Quizás nunca imaginó que su dentista iba a terminar estando sobre ella, con su verga pegada a su rostro, mientras, con toda calma, masajeaba su centro, ahora ya húmedo.


​Sentía cómo Elena acariciaba con sus mejillas la dura prueba de lo que su belleza provocaba en mí. De pronto, sin aguantar más, subió tímidamente su mano, giró su cabeza, se llevó a la boca mi pene y comenzó a chupar con desesperación, mientras mis dedos enguantados cada vez estaban más resbalosos.


​Sentía el roce de sus incisivos, aún sin pulir, raspando el tronco, pero ese pequeño dolor, mezclado con la desesperación con la que ella dejaba entrar y salir mi verga de su boca, me prendía más y más. Tuve que contenerme, respiré y saqué mi mano de donde la tenía. Elena no me soltaba; mientras succionaba, sus manos masajeaban delicadamente mis testículos.


—Elena... Elena... Tengo que seguir...

​Elena apretó los ojos como cuando alguien no quiere despertar de su sueño.

—Elena...


​Los labios de Elena estaban inyectados con ácido hialurónico; cuando comencé a atenderla, hace unas horas atrás, me di cuenta de que estaban muy esponjosos. Ahora esa textura se sentía maravillosamente suave mientras me rodeaba.


​Después de unos segundos, Elena respiró y me soltó. Limpiándose las comisuras y sonriendo, se acomodó y, mirando al techo, abrió su boca de par en par. Tomé mi turbina y comencé a pulir las carillas de la hermosa mujer de tatuajes en los brazos, piel morena, labios turgentes y mente atrevida.


​Después de un rato, Elena estaba lista. Tomándole la cara se la giré y su boca quedó exactamente al lado de mi tronco duro lleno de venas; ella, entendiendo lo que debía hacer, abrió la boca mientras yo apuntaba mi glande directo a ella. Elena comenzó de nuevo a chupar mi pene con fuerza; sus incisivos se sentían tan suaves. Me paré y, mientras ella me miraba expectante con la boca abierta, volví a hundir mi verga en su boca, esta vez hasta el fondo de su garganta.


Elena hizo un sonido de ahogo, apretó los ojos y dejó que mi glande pasara más allá de sus cuerdas vocales; se estremeció levemente, mientras soltó un grito apagado. Levantó su mano en señal de que se estaba ahogando, pero verla en esa situación me tenía demasiado excitado como para dejarla respirar.

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