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Eli, la paciente que inició todo.

15 sept
9 min de lectura

Las cosas empezaron con una simple pregunta, algo tan cotidiano hoy, que me parece casi irónico.


—Bueno Elizabeth... ¿Tienes veinti... ?

Lo había dicho en serio, Eli se veía una veinteañera, una de esas que todo el mundo se da vuelta a mirar, de hecho cuando me tocó como paciente, varios de mis amigos pasaban por el box y se sonreían, otros se acercaban a mi y me daban codazos, yo en ese momento tan profesional como nunca, solo me limité a hacer el llenado de su ficha clínica, y justamente mi lápiz estaba sobre el espacio para poner "edad".

Elizabeth me miró con ojos grandes, parecía no entender que yo tuviera tan mal ojo para la edad, o se sintió profundamente halagada, por el hecho que un pendejo de 21 recién cumplidos la estuviera encasillado en su misma generación.


Como sea, Eli sonrió. Y desde ahí pasé a ser alguien distinto para ella.


—¡Eso no se pregunta! —dijo conteniendo la risa.


—Disculpa es para la ficha —le dije mostrándole el espacio en blanco.


—¿Qué edad crees que tengo? —dijo posando sus profundos ojos negros en los míos, con actitud desafiante.


—No sé... ¿Veintitrés?

Elizabeth se rió fuerte, como disfrutando la situación, algunos de mis compañeros que estaban en los otros boxes de atención dental pegados al mío, miraron extrañados. Yo me puse rojo.


—¿Veintidós? —dije tratando de arreglar la situación.


—¿En serio que me veo de esa edad?


—Pues...

Elizabeth me miraba como si de pronto me hubiera visto, antes para ella solo uno de los chicos estudiantes de la facultad a la que iba porque en algún dentista ya titulado el tratamiento le salía demasiado caro. Después de ese impase preferí seguir con la ficha dejando el espacio de la edad en blanco. Luego de eso, como era costumbre, hice el examen de la boca de Elizabeth, no tenía en realidad nada del otro mundo.


—¿Por qué te mandaron para acá?


—Fui a una clínica particular y me dijeron que debía hacerme una limpieza así super completa que me costaba demasiado caro... Así que preferí venir acá, al menos acá están vigilados...


—No es para taaanto, dije mirando el fondo de su boca, como el mecánico que se enfoca en el motor de un auto.

Cuando me di cuenta los ojos de Eli estaban de nuevo posados en los míos.


—¿Entonces no te sirvo como paciente?


—No, si puedo atenderla, pero no es para que le hayan cobrado tan caro.


—Eso pensé, por eso preferí venir a la facultad. Y por favor no me tutees que eso me hace sentir como una anciana.


—Bueno, no hay problema.

Después de un rato de terminar de llenar la extensa e inútil ficha clínica y hacer todo lo que tenía que hacer, me despedí de ella.


—Bueno Elizabeth, con todo esto podemos partir el tratamiento, la verdad voy a hablar con mi profesor para que puedas atenderte acá en la facultad.


—pero me va a tocar contigo ¿cierto?


—Sí, a menos que quieras cambiar...


—¡No! Tú me das confianza...


—Bueno, entonces...


—¿Estamos listos?


—Por hoy sí...


—¡Ay, y yo que pensaba que te ibas a demorar más, la verdad eres muy encantador... Pablo! —dijo Eli mirando el nombre de mi tenida clínica.


—Muchas gracias... Le dije un poco colorado.

Mi nueva paciente se paró de la silla dental y se comenzó a arreglar.  Se estiró la polera de tirantes que llevaba debajo de su abrigo tejido, dejando ver un imponente escote.


—¿Tienes un número donde ubicarte?


—Sí... Acá tienes el número de mi casa, y el número de mi celular.


—Ok, después te escribiré, para que me agregues, por si tengo alguna urgencia.


—Ok, no hay problema —dije, sin entender bien.

Ahora lo veo todo en retrospectiva, y debí haberla llamado, tenía su número en la ficha, su dirección, lo tenía todo, excepto su edad. Definitivamente era bastante ingenuo al menos a esa edad, que por cierto me enteré luego que tenía 32 años.

Mientras atendía a Elizabeth, nuestra relación se comenzó a poner cada vez más íntima, ella me llamaba algunas veces a mi celular, y cuando no le contestaba al teléfono de casa. Hablábamos por varios minutos, luego horas, hasta que ya casi al final de su tratamiento.


—¿Qué vamos a hacer cuando me des de alta?


—Jajaja ¿Cómo que "qué vamos a hacer" ?


—Bueno desde ese día ya no te veré más...


—Eli podemos seguirnos viendo después...


—No, tu sabes que tengo mucho trabajo, y será difícil para mí dejar mis cosas sin algún pretexto.


—¿Entonces dices que sería nuestra despedida?


—Sí, tú sabes me gustas, ya te lo he dicho...


—Tú también me gustas Eli...


—Quiero que primero nos juntemos a hablar tranquilos...


—¿Dices en un café?


—Sí, para nuestra despedida, quiero estar contigo, solos, en una cama. Ya no seré tu paciente si me das de alta. Y podrás hacerme todo lo que hemos conversado. Pero quiero tomarme primero un café contigo, como dos personas normales... ¿Te parece mañana cuando me des el alta, vayamos a un café?


—Sí, claro.


—Quiero que me digas todo lo que me harás...


—En el café te lo diré —dije mirando a mis amigos que me esperaban para el ensayo de la banda.


—Mmm que eres malo, me dejas con las ganas.


—Aguanta hasta mañana...


—Ok...

Esa noche no pude dormir, iba a ser la primera vez que estuviera con una chica 11 años mayor que yo, y con una paciente al mismo tiempo.

Al día siguiente, di de alta a Eli, aprobé el ramo que me quedaba, y tenía una cita. Salí al estacionamiento de la facultad y ahí estaba ella, esperándome, se había cambiado su polera, por una de tirantes, mucho más escotada. Cuando la vi, quedé con la boca abierta.


—Wow... Qué te ves bien así.


—Jajaja ¿Dices que no me veía tan bien antes?


—No es eso, es que...


—¿Te gustan mis tetas? Jajaja, son lindas ¿cierto?


—Sí, mucho...


—Ya, ¿Vamos?


—Sí...


—¡Ay por cierto!

Eli se acercó a mí y me dió un beso en los labios, fue un beso dulce y suave...


—¡Felicitaciones, por pasar el ramo!

Nos fuimos al Café Cobb, uno de esos cafés chiquitos, no había nadie excepto nosotros.


—¿Me vas a extrañar?


—¡Claro que sí! Pero Eli... Podemos seguirnos viendo...


—No Pablo, si quieres que después de tomarnos este café, vayamos a un motel, quiero que me prometas que está será la única vez.


—La verdad no entiendo por qué...


—Es complicado de explicar, pero no quiero que me busques. Si no, nos tomamos este café y lo dejamos hasta acá.


—Ok...


—Yo quiero estar contigo, pero no quiero pendejadas.


—Esta bien, no te voy a buscar...


—Buen chico... Jajaja. Entonces ahora que estamos de acuerdo, quiero que me digas que te gusta que te hagan...


—Bueno, me gusta de todo, al menos todo lo hetero...


—A mi no me gusta que me hagan sexo oral, pero me encanta hacerlo.


—¿Por qué no te gusta?


—Encuentro que las conchas son tan feas... Me da vergüenza...


—Pero si son lindas, además la tuya debe ser...


—Pablo... No me gusta.


—Ok, no lo haré... ¿Algo más?


—Todo lo demás está permitido.


—Ok —dije tomando un sorbo de café, era la primera y última vez que tenía este tipo de conversación tan transaccional antes de tener un polvo.

—¿Sabes?... Tengo una hija.

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